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Museo de Zamora. El dibujo constituyó durante siglos la base de cualquier práctica artística. El aprendizaje del oficio del artista comenzaba por él y su dominio siempre estableció el paso previo a la iniciación en otras técnicas. De un modo más informal en los talleres profesionales o de manera más reglada en las academias de origen neoclásico, la necesidad de educar la mirada y la mano en el trazo y la mancha sobre el papel siempre fue requisito para el desarrollo creativo.

La consideración del dibujo como ejercicio intelectual inmediatamente materializado, pura invención trasladada a diseño, y por tanto la íntima vinculación con su artífice, elevó siempre su aprecio por todos los implicados en el proceso creativo. La pertenencia del dibujo a ese territorio en que confluyen de manera tan evidente experiencias intelectuales y creativas hizo que se convirtiese en expresión vital del creador, hasta el punto de permitir marcar con su secuencia recorridos humanos de especial cercanía e intimidad.

José Luis Alonso Coomonte (Benavente, 1932) ha demostrado siempre una infatigable capacidad para la observación de la naturaleza y una impenitente inclinación hacia el estudio de la realidad. Pero contra lo que pudiera dar a entender su reconocidísima producción escultórica, la herramienta básica de la que se ha valido para este análisis es el dibujo. Porque antes que escultor, Coomonte se considera dibujante y la práctica del dibujo sirve de hilo conductor de su evolución artística, pero ante todo de su trayectoria vital.

El dibujo convierte a Coomonte en el artista que nunca aspiró a ser, porque él habría preferido ser cultivador de pensamientos, dinamizador de entendimientos, agitador emocional. La dimensión intelectual que en esta vocación adquiere el diseño es fundamental, ya que mediante él nuestro artista ha perfilado, definido y desarrollado siempre sus ideas, transformándolas en propuestas comunicativas que se introducen en el entramado social. Sus dibujos adquieren un carácter autónomo por su interés intrínseco y como instrumento de reflexión en torno a la realidad, pero funcionarán también como herramienta que analiza sobre el papel lo que en muchos casos llegará a ser escultura.

Toda esa variedad de planteamientos y sus diferentes desarrollos gráficos se  muestran ahora en una instalación que conscientemente evita una estricta secuencia cronológica en beneficio del contraste entre distintas propuestas, la variación infinita en el tratamiento de motivos recurrentes y la insistencia en el análisis exhaustivo del mundo sensible.

La importancia del dibujo para Coomonte no ha hecho más que reafirmarse con el paso del tiempo. El trabajo escultórico más pesado, progresivamente abandonado por su exigencia física, ha sido sustituido por una permanente actividad gráfica. Para alguien como Coomonte es imposible renunciar a pensar y para él pensar es sinónimo de dibujar.